Festival de Gijón. 'El truco del manco' o el arte de liarse un porro con una sola mano
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El truco del manco es una de esas películas que, sin ser perfecta, se agradecen como una bocanada de aire fresco que alivie de vez en cuando la pesadez de las carteleras. Primero se estrenó en el Festival de San Sebastián, donde ganó en el apartado de Nuevos Directores, y luego ha segudo su periplo por el Festival de Cine de Gijon. En enero se estrenará en salas comerciales.
Se trata de una película sincera y honesta sobre los barrios bajos y la gente con problemas. Pero no cae en el autocompadecimiento ni en la moralina, sino que nos cuenta las cosas como son, y lo hace con frescura y con buen tiento. Y eso que es la primera incursión de su director, Santiago A. Zannou en el largometraje, después de unos cuantos cortos y otros cuantos videoclips de grupos como Cycle o Marlango.
Pero quizás lo que más llame la atención de El truco del manco es verla como canto a la superación, pero no del tipo "sueño americano", sino como un convencimiento de que se tenga el problema que se tenga, se puede seguir adelante e ilusionarse. Así de simple. Y esto se puede ver a todos los niveles. Su director es negro y su protagonista tullido. Y ninguno de los dos está dispuesto a convertir esto en un problema.
Para su presentación en Gijón se vino todo el equipo de la película y, antes de comenzar la proyección, un chaval se levantó del patio de butacas y, con bastantes dificultades, consiguió llegar hasta la parte de delante. Era Juan Manuel Montilla, El Langui, líder del grupo de hip hop La Excepción y protagonista de El truco del manco, afectado por una parálisis cerebral. ¿Alguien tuvo un sentimiento de compasión mientras caminaba por el pasillo? Puede, pero se evadió en cuanto cogió el micrófono y cantó el tema principal de la película. Su fuerza es increíble.
Y ocurre lo mismo en la película, una historia de discapacitados, negros, gitanos, yonkis, borrachos y chorizos, sobre las dificultades de ser pobre y vivir en un barrio marginal, sobre lo complicado que resulta tener sueños en un ambiente así. Pero lo consigue, a base de un guión bien trabajado, de unos personajes bien construidos y de un ritmo bien logrado.
Al salir de la sala, una se va con una buena sensación, ha visto una película interesante y bien contada, y tiene la esperanza de que las prometedoras carreras de la gente del equipo de El truco del manco continúen en la misma dirección.
El empeño de Cuajo (El Langui) y su amigo Adolfo (Ovono Candela) por construir un estudio de sonido y dedicarse al hip hop convence, y se transforma en una hermosa historia de amistad que no se pierde en el camino del sentimentalismo ni de las emociones baratas, sino que se queda en la autenticidad y en un realismo cargado de positivismo a pesar de sus dosis de amargura. Es una pequeña joya del cine español.
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