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Crítica. 'La nana'

ARCHIVADO EN: Drama, Críticas, Movie Girl, Cartelera, Cine Latinoamericano


La imagen del cartel es uno de las primeras que vemos en la película. El plano de una empleada del hogar, perfectamente ataviada como tal, comiendo sola en una mesa prácticamente desnuda cuando acaba de servir el almuerzo a una numerosa familia que ríe y arma ruido en un comedor que poco tiene que ver con el austero rincón en el que come ella. Al otro lado de la puerta se oyen voces que se interrumpen al hablar, risas, y el de los cubiertos contra los platos es un simple ruido de fondo. Aquí, en cambio, es lo único que suena.

Los Valdés son una familia bien. La madre, Pilar (Claudia Celedón) es profesora en la universidad y el padre, Mundo (Alejandro Goic) no sabemos muy bien a lo que se dedica. Hay cuatro hijos, niños y adolescentes, que van y vienen, cada uno con sus cosas, mientras Raquel (una magnífica Catalina Saavedra que sostiene toda la película), la nana, se ocupa de todo en la casa: de cocinar, servir, fregar, planchar, levantar a los niños, prepararles para ir al colegio, llevar el desayuno a la cama a sus padres... Esa es toda su vida. No tiene familia, no tiene amigos, no tiene aspiraciones, no tiene esperanzas... no tiene nada de nada. Salvo unos terribles dolores de cabeza.



En ese contexto, no resulta extraño que su carácter sea agrio, que se enfrente a la hija (Andrea García-Huidobro), que esté harta de todo. Su personaje no nos resulta simpático, porque no lo es, pero nos acaba conmoviendo. Nadie la quiere, nadie piensa en ella salvo por unos breves momentos. Siempre la tratan como a alguien de segunda categoría. En la primera escena de la película, es su cumpleaños, y la familia le ha preparado una sorpresa con una tarta y regalos. La invitan a la mesa, pero la situación resulta casi antinatural, Catalina Saavedra nos hace sentirnos igual de incómodos y fuera de lugar que está esa nana.

Pero no es La nana un retrato de clases, de la clase media-alta y el servicio. Aunque también. La nana es el retrato de una soledad, de una marginación demasiado común, que hace que las personas se comporten de manera infantil, sean incapaces de adaptarse a nuevas situaciones, de ver una salida...


El director, Sebastián Silva, juega con el detalle, con lo cotidiano, con la repetición y, sobre todo, con las miradas y el imperturbable rostro de la actriz principal, demostrando que, con pocos recursos, puede hacerse una gran película. Aquí se ve más que se dice, y es más importante el subtexto que el texto. Parece que nos estuviéramos asomando a la ventana de esta familia, en las simplezas y los ires y venires de su vida cotidiana (la obsesión del padre por las maquetas de barcos, las sábanas del hijo, los juegos de los niños...) Para los Valdés, esa es sólo parte de su vida, porque ellos salen, trabajan y conocen gente. Son libres. Pero Raquel no tiene otra cosa. Su vida es limpiar los baños, preparar los tazones del desayuno... Y Silva nunca sale de las cuatro paredes de la casa: el espectador es tan prisionero como Raquel. ¿Qué hace Mundo cuando va a jugar al golf? ¿Qué ocurre en el hospital? Nos quedamos sin saber tantas cosas... Y vemos tantas otras...

Silva maneja los silencios, las pequeñas cosas... con acierto, y logra removernos.

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