Crítica. 'Los límites del control'
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Un hombre sin nombre se sienta en la terraza de una cafetería y pide dos cafés en tazas distintas. Una bandada de pájaros levanta el vuelo. Un helicóptero sobre vuela la escena. El hombre le da sorbos a su café. Silencio. Calma.
Un hombre sin nombre se sienta en la terraza de una cafetería y pide dos cafés en tazas distintas. Una bandada de pájaros levanta el vuelo. Un helicóptero sobre vuela la escena. El hombre le da sorbos a su café. Silencio. Calma. Una persona se le acerca y se sienta. Le pregunta si habla español. Dice algo más, en algún idioma. El hombre saca unas cerillas del bolsillo. La otra persona pone sobre la mesa una caja de cerillas con el mismo diseño, pero de diferente color. Se intercambian las cerillas. La otra persona dice algo más y se va. El hombre abre la caja de cerillas y saca de ella un pequeño trozo de papel, lo desdobla y lee un mensaje codificado, escrito a mano, se mete el papel en la boca y se lo traga, ayudándose de otro sorbo de cafe...
Un hombre sin nombre se sienta en la terraza de una cafetería...
Y así va pasando Los límites del control, la última de Jim Jarmush, una película perfecta para la gente que prefiere los museos a los parques en vacaciones. La película se guarda un montón de enigmas en la manga, es oscura, misteriosa... pero, al mismo tiempo, refrescante. Isaac De Bankolé interpreta a este hombre sin nombre (que aparece en los créditos como "hombre solitario"), un apodo que recuerda a los Spaguetti Western de Clint Eastwood y Sergio Leone, aunque los cafés de este hombre, sus cajas de cerillas y su castidad lo colocan en el reino de la masculinidad posmoderna.